Hemos aprendido de una espiritualidad muy estructurada, y muy limitante. Aprendimos qué era lo espiritual. Y qué no lo era.
Basada en los fundamentos del miedo, como si fuera una religión alternativa. Abandonamos una religión para sumarnos a otra. Con sus límites, sus estructuras y sus reglas. Salirse de allí era algo impensable.
Esta nueva religión, de pronto ya no se tenía que rezar, se meditaba. Se vestía de blanco, hacíamos terapias para ser mejores, poníamos inciensos, algunas veces el padre nuestro era reemplazado por la Gran Invocación, y hacíamos ejercicios (yoga, tai-chi, qi-gong… etc).
Cambiamos una serie de pensamientos limitantes, como el cielo y el infierno, por otros igual de estructurados. Pasamos el papel se San Pablo, al tribunal Kármico. Los ángeles y consejeros, pasaban a ser los guías.
Pronto había una serie de cosas que estaban mal, como fumar o beber, y que te traían «malas energías». Y otras buenas que te elevaban y te hacían iluminarte, que esta era el fin de la partida que todos deseábamos.
O cuando hacíamos un masaje, nos teníamos que limpiar, para que la mala energía no nos entrara. El sexo nos arrastraba a malos estados, o peor, nos vinculaba a esa persona. Teníamos que tener cuidado con quien «mezclábamos» nuestra energía sexual. Y teníamos que tener cuidado la compañía. Nos podían robar la energía o traer memorias de vidas pasadas, o entes de todo tipo.
Basta ya.
Gente del mundo espiritual. ¡Ya basta!
¡Despertad!
Habéis cambiado una cosa por otra igual. Continuáis en una prisión de cristal, pero en la que os habéis puesto de manera voluntaria.
Es el momento de dar el siguiente paso. De acercarte más a ti, de sentir a Dios. Pero no a un tio crucificado. Si no, de sentir Tu Dios.
La Nueva Espiritualidad va mucho más allá.
Es el momento de ser libres